La meta es el camino

Andreína Peñaloza | dic 31, 2016
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Hace algunos años realicé el “Camino de Santiago” de España. Una ruta muy concurrida por caminantes y ciclistas de Europa y el mundo.

La idea surgió de mi hermana (Cristina) quien ya estaba viviendo en Salamanca, España y escuchaba a diario que peregrinos (personas que recorren la ruta) pasaban por el pueblo donde ella vivía.

Ambas, comenzamos a investigar sin aún comprender que ya habíamos arrancado esta aventura.

Las principales reglas estaban claras:

1. Para conseguir el “Título” de peregrino certificado debías andar netamente a pie (sin taxi o autobús) por más de 100 kilómetros.

2. Podíamos dormir todos los días en Albergues (hoteles más rurales) a un precio muy económico.

3. La vía estaba señalizada por flechas amarillas que te indicarían la ruta, de pueblo en pueblo, hasta llegar a la ciudad: Santiago de Compostela. Allí obtendríamos la peregrinación.

Con estos 3 datos Cristina y yo nos fuimos rumbo a nuestra primera parada “Villafranca del Bierzo”. Nos fuimos en autobús, con nuestra mochila a cuestas y nuestro corazón lleno de ilusión.

En este hermoso pueblo de película comenzamos a caminar. Cada día recorríamos entre 20 y 30 kilómetros diarios, viendo los más deslumbrantes paisajes.

Caminando comprendí que todo pasa y nada es igual al pasado. Acepté que la vida te muestra diferentes escenarios pero depende siempre de nuestra actitud sobre cómo mirarlos y asumirlos.

Cada etapa era diferente, llena de momentos mágicos y senderos llenos de luz. Los días no eran iguales. Aquí no importaba la fecha ni hora, sino el presente. Si algo recuerdo muchísimo son los riachuelos, el olor a bosque, la naturaleza, los rayos de sol en la mañana al salir del albergue atravesando los árboles, la gente saludando y diciendo “Buen camino”.

Aunque muchas veces sentí que no podía avanzar más… fue mi hermana y mis “amigos del camino” quienes me alentaban a seguir. Me motivaban con su simple presencia. Me hacían olvidar mi dolor, entre buen humor y risas. Así seguía adelante.

Aprendí que llevar mucho peso en la espalda (en este caso, en la mochila) no es necesario. En la simplicidad están los detalles más hermosos de la vida.

Tras caminar más de 200 Kilómetros llegamos a la hermosa ciudad de “Compostela” donde orgullosamente retiramos nuestro “Certificado de Peregrinación”. Y fue justamente allí que comprendí que “La meta no es la meta. La meta es el camino”. Aprendimos fue en el recorrido.

Así veo mi vida, cuando quiero ir por una meta deportiva o personal, recuerdo desde el primer instante que la verdadera meta ya comenzó.